De Joy Division a New Order: las memorias de Bernard Sumner

“Joy Division, New Order y yo” es el sensible y feroz testimonio del hoy líder de New Order. Sumner lo cuenta todo y sin exagerar.

Abundan biografías, ensayos y estudios sobre cantantes y bandas, varios de ellos genuinas Biblias. Pensemos en la más completa biografía de Elvis Presley Último tren a Memphis / Amores que matan de Peter Guralnick; en los ensayos de Simon Reynolds, quizá el pensador que no solo mejor analiza el rock, sino también quien mejor escribe de él; en las memorias de Bob Dylan; y cómo pasar por alto la labor monumental de Mariano Muniesa, cuyos ensayos y artículos vienen signados por el sello de agua de la erudición; y en el ámbito local (citaré dos títulos), destacan Pedro Cornejo y su inhallable Alta tensión y, por supuesto, Demoler de Carlos Torres Rotondo.

De la variedad de registros que genera este tema, no pocos prefieren las memorias. Hay títulos monumentales y del mismo modo fallidos, como Vida de Keith Richards, quien no nos ofrece mayores aportes de lo que ya conocemos que hizo (excesos vitales) con la legendaria banda Rolling Stones.

New Order, Joy Division y yo (Sexto Piso) vendría a ser la trastienda de los grandes sucesos que signaron el devenir del punk y el wave a finales de los 70 e inicios de los 80. Es el testimonio visceral de Bernard Sumner, quien nos ofrece su legado sin guardarse nada, característica que la podemos ver desde las primeras páginas cuando nos habla de la relación con su madre paralítica, hecho que marcó su niñez y adolescencia, el cual influyó en la música que emprendió con Peter Hook y, posteriormente, con Ian Curtis, de quien nos dice que no era el hombre deprimido y atribulado que la leyenda nos quiere seguir vendiendo para reforzar aún más la grisura existencial de los dos primeros álbumes de Joy Division: Unknown Pleasures (1979) y Closer (1980).

Curtis era un joven alegre, leía mucho y no hacía gala de su cultura libresca. Además, su sueño era tener una librería de viejo en Manchester, pero a Curtis se le descubrió la epilepsia a los 22 años. Aquello, a la postre, fue su fin a causa de los medicamentos que debía tomar para controlarla. Al respecto, resulta reveladora la transcripción de la grabación de la sesión de hipnosis a la que fue sometido Curtis, por insistencia de Sumner, dos semanas antes de su suicidio, el 18 de mayo de 1980.

Sumner no rehúye los problemas con el bajista Peter Hook, a quien califica de “Mr. Ego”. Empero, estos desbarajustes del compañerismo no impidieron que Joy Division produjera, incluso cuando el conjunto pasó a llamarse New Order en 1980, meses después de la muerte de Curtis.

Sumner no quiere cometer los errores de otros (la solemnidad y la exageración, por ejemplo), por ello, cada anécdota o perfil, como los de Tony Wilson, Martin Hannett, Rob Gretton, Johnny Marr y otros, viene precedido por un respeto a la trayectoria, una mirada seria a la tradición musical que representan.

Nuestro autor no solo se asume como uno de los artífices de un proyecto musical (guitarra en Joy Dividion y voz principal en New Order) que resistió y triunfó, sino igualmente como un privilegiado protagonista de un periodo de la historia de la música del siglo pasado.

En ese maravilloso juego de novela y biografía de Max Aub, Jusep Torres Campalans, leemos una sentencia que nos ayudaría a entender un poco más estas memorias: “Vender es venderse”. Sumner es un artista íntegro. Nunca se dejó vencer ni tentar por el poderío de la industria discográfica, la cual en más de una ocasión le sugirió flexibilizar la propuesta de la banda para captar y aprovechar la sensibilidad de las nuevas generaciones. Sus seguidores ahora lo saben: Joy Division y New Order no son un producto. Son un sentimiento.

Fuente: Diario La república