Uno de los mayores escritores de nuestro tiempo, el español Javier Cercas, conversó con La República a razón de su reciente publicación sobre el papa Francisco: “El loco de Dios en el fin del mundo”. El celebrado autor también nos habla de lo que debería importar en el oficio literario.

En el panorama de la narrativa hispanoamericana contemporánea, el nombre del escritor español Javier Cercas está más que posicionado. Respetado por la crítica y con miles de lectores en el mundo, ha escrito sobre los temas que le han inquietado, tanto en ficción como en no ficción, entregando a la memoria de los lectores obras referentes en cada una de estas parcelas. En esta entrevista con La República, Javier Cercas nos habla de su novela de no ficción El loco de Dios en el fin del mundo (Random House) y de otros aspectos relacionados con el oficio literario. Atentos.
-¿Cómo llevas el reconocimiento? Muchas cosas han pasado desde Soldados de Salamina, la novela con la que te hiciste conocido.
-Han pasado 25 años desde Soldados de Salamina. Es una buena pregunta. Creo que es un malentendido a veces, ¿no? Quiero decir que yo sigo siendo el mismo, solo que hay gente que aprecia mi trabajo, y eso es fantástico. Pero no noto ninguna presión ni nada parecido. Yo cuando escribo estoy solo. Creo que nos pasa a todos los escritores. Y si no estás solo no puedes escribir. O sea, si no prescindes de todas las expectativas que los demás tienen puestas en ti, de que los demás puedan pensar de tus libros, de la posición que hayas adquirido, si no prescindes de eso, no puedes escribir. Escribo exactamente igual que cuando no me conocía nadie. La única diferencia es que ahora me dedico de lleno a escribir.
-Pregunta sencilla, pero compleja de responder: ¿qué se necesita para ser escritor?
-Te voy a decir una cosa, que para mí es muy importante. Siempre se dice que para ser escritor hay que tener un gran ego. Esto es como el dogma, ¿no? Yo estoy totalmente convencido de que la realidad es exactamente la contraria. El ego destroza a los escritores. Esa es mi experiencia, yo lo he visto. Los mejores escritores que yo he conocido son personas que, aunque a veces aparenten lo contrario, son profundamente humildes. Para ser escritor no hace falta ego, hace falta destruir el ego, hace falta humildad, sobre todo para ser novelista. Odio a los escritores que se ponen por encima de sus personajes. Compadezco al escritor que, por tener éxito, se cree superior a los otros. Tengo 63 años y he visto escritores que, a los 30, 25 y 40 años, prometían mucho y han sido destruidos por su propio ego, por su petulancia.
-¿Qué otra cosa más detestas?
-También detesto a los escritores cuya literatura es la del primero de la clase. En español hay muchos de esos escritores que escriben mirándote por encima del hombro, que cuando escriben quieren mostrar lo listos que son. El gran escritor no intenta mostrar lo listo que es. El gran escritor crea un mundo extraordinariamente inteligente.
-Es un trabajo de humildad.
-Es un trabajo de humildad. Y la prueba máxima es Cervantes o Shakespeare. Hay una humildad militante en ellos. Cuando escriben, no sé cómo eran como personas, escriben sin la más mínima duda. Cervantes mira a todos sus personajes desde abajo y es capaz de convertir a un destripaterrones como Sancho en un tipo extraordinario. Lo contrario es Quevedo. Cervantes se ríe con nosotros. Se ríe con sus personajes. Y nosotros nos reímos con sus personajes. Quevedo, que era un genio, se ríe de su gente. Es un genio, no hay duda. Quevedo es el prototipo de literatura de primero de la clase, literatura del señorito. Y eso, por desgracia, en español ha triunfado. Por eso la novela no cuajó en España. La novela requiere esa humildad, esa humildad militante. Los grandes novelistas se interesan por el ser humano. No esos novelistas que, en cuyas novelas, hace falta ser un profesor o catedrático de Oxford para ser respetado. Cualquier persona, por más humilde que sea, tiene algo extraordinario, o algo de qué reírse, pero con él, no contra él.

-Antes de Soldados de Salamina publicaste dos novelas que no tuvieron mucha resonancia.
-Eres muy generoso, Gabriel. Nadie leyó esas novelas salvo mi madre, mis hermanas y alguna amiga.
-A lo que me refiero es que tú sí sabes lo que es el silencio literario.
-Absolutamente.
-¿Estos factores lo tuvieron en cuenta en el Vaticano cuando te convocaron para escribir sobre el papa Francisco? Hay mucho misterio en tu elección.
-Mientras escribía el libro no me hice esa pregunta. Es un misterio. Obviamente, ellos buscaban a un escritor conocido. Tengo la suerte de tener lectores en varios lugares. En Italia me leen mucho, también en Estados Unidos. Si llegas al Vaticano y no conoces las claves del catolicismo o cristianismo, estás perdido. Es como una auditoria. Llega alguien desde fuera y tiene más autoridad para opinar sobre tu periódico, en cambio si eres tú quien opina sobre tu periódico estás condicionado porque formas parte de él. Todo esto llegó en el momento indicado, justo cuando mi madre se estaba muriendo. Para mí es un pequeño milagro, sinceramente.
-Imagino que ellos esperaban un reportaje de mediano aliento. El libro tiene casi 500 páginas.
-Esto te lo voy a decir a ti. El gerente de comunicación del Vaticano me dijo no me esperaba una cosa así. Esperaban más un libro de circunstancias. Pero aquí el milagro, el azar extraordinario cuando se juntan esa oportunidad y una necesidad. Mi madre era una persona profundamente religiosa. Mi madre, cuando muere mi padre, dice que ella va a verlo después de la muerte. Entonces yo tengo la idea, que no es una idea sino una urgencia de mi madre, de hablar con el papa para saber si ella va a verlo después de la muerte o no. Ese es el libro realmente. Sin eso, si se lo hubiesen propuesto a alguien cuya madre ha muerto ya, o yo qué sé, que no hubiese tenido esta idea, pues el libro hubiese sido completamente distinto, mucho menos ambicioso, digamos.
-La exposición personal ya es parte de tu poética.
-Yo parto de lo personal para ir a lo universal.
-El loco de Dios en el fin del mundo dialoga con Anatomía de un instante. En ese libro cuentas la historia contemporánea de España y en este último la historia de los últimos años del mundo.
-Así es, es la historia de los últimos años del mundo. Este libro indaga el corazón del cristianismo en un momento en que el cristianismo ya no es lo que era. Este libro se pregunta qué es la Iglesia, quién es Dios, qué es la creencia, qué es la fe en un momento en que ya vivimos en un mundo sin Dios. En un momento en que tenemos todavía gente como mi madre, como tenemos una generación muy cercana que vivía en un mundo ordenado por Dios, por la creencia, por el cristianismo, por el catolicismo, pero nosotros ya no vivimos en ese mundo. Vivimos en un mundo sin Dios.
-Cuando un escritor se expone, es inevitable que aparezcan las críticas.
-Cuando empecé a hacer estos libros, me acusaron de narcisismo. Algunas personas decían que ese tipo está tan enamorado de sí mismo que se saca en sus libros. Es una forma un poco pedestre de verlo. Cuando Montaigne habla de sí mismo, no habla de sí mismo, sino que está hablando de todo el mundo. Esto es algo que fui descubriendo. Cuando Rembrandt se autorretrata constantemente, no se autorretrata constantemente porque está enamorado de sí mismo, se autorretrata porque sabe que ahí está la humanidad. La pregunta que se hizo mi madre, es una pregunta universal. Es la pregunta que se hace un niño. Todos mis libros parten de preguntas elementales que haría un niño. Pues resulta que ese es el corazón del cristianismo. Exactamente el corazón del cristianismo, aunque los cristianos, o muchos cristianos, lo hayan olvidado. La resurrección de la carne y la vida eterna. En lo más pequeño está lo más grande si sabes verlo. Lo de Anatomía de un instante parte de algo ínfimo que lo vio todo el mundo, pero ahí está la historia de España.
-Tú eres un escritor que sale de su ficción para ver el mundo.
-Yo creo que la literatura sirve para entender el mundo. Una literatura para literatos es una literatura inane. Una literatura encerrada en sí misma, no sirve para nada. La literatura es forma y tiene que romper las formas y tiene que experimentar. No es un experimento de laboratorio, no es tan intrascendente como la filatelia, según ha dicho algún vanguardista. Shakespeare no es tan intrascendente como la filatelia, Cervantes no es tan intrascendente como la filatelia. La literatura sirve para entender el mundo y para entendernos a nosotros mismos.
-Conociste a Vargas Llosa. ¿Nos hace falta?
-Cuando murió Vargas Llosa, no fue una sorpresa. Cuando murió el papa Francisco, tampoco. Sabíamos que estaban mal de salud. Como persona, Vargas Llosa fue muy importante para mí. Pero no hay que echar de menos a Vargas Llosa, lo más complejo y sutil de Vargas Llosa está en sus libros. Hace falta escritores que no se consideren solo escritores, sino también ciudadanos, como cualquiera. Vargas Llosa pudo callarse y le hubiese ido mucho mejor. Le daban el Nobel a los 50 años en vez de dárselo a los 70. Es muy difícil que aparezca una persona con la autoridad para hablar que sí tenía Vargas Llosa.
Fuente: Diario La República
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