
Durante décadas, la planta de ionización del IPEN en Santa Anita permaneció fuera del debate nacional. Para muchos dejó de ser visible, como si hubiera quedado congelada en el tiempo. Sin embargo, detrás de esa infraestructura existe algo mucho más profundo que una instalación detenida: existe una oportunidad para preguntarnos qué tipo de desarrollo quiere construir el Perú. Hoy, cuando aparecen señales de que el proceso para recuperar este activo estratégico avanza nuevamente, vale la pena detenerse y mirar más allá del expediente y entender qué representa realmente este proyecto.
La recuperación de esta planta de ionización no trata únicamente de volver a poner en funcionamiento una instalación histórica. Representa recuperar una capacidad tecnológica que el país construyó hace más de cuarenta años alrededor del uso pacífico de tecnologías de irradiación e ionización. Son tecnologías que hoy forman parte de cadenas productivas modernas y que tienen aplicaciones concretas en agricultura, salud, industria y desarrollo científico. En otras palabras, no estamos hablando solamente de infraestructura: estamos hablando de volver a generar capacidades nacionales.
El impacto potencial es amplio, porque una planta de estas características puede contribuir al tratamiento fitosanitario de productos agrícolas para exportación, ayudar a disminuir pérdidas por putrefacción y extender la vida útil de frutas y alimentos. También puede apoyar la esterilización de materiales médicos y apósitos sanitarios, además de convertirse en una plataforma para investigación aplicada y desarrollo industrial. Son aplicaciones que muchas veces pasan desapercibidas cuando se escucha el término “tecnología nuclear”, pero que forman parte de soluciones utilizadas en distintas partes del mundo para mejorar competitividad y calidad de vida.

Sin embargo, existe una dimensión quizá todavía más importante: el capital humano. Recuperar la planta de ionización de Santa Anita permitiría crear un espacio donde investigadores, ingenieros, operadores, técnicos y nuevas generaciones puedan aprender, experimentar y desarrollar conocimiento. Ya que la planta podría convertirse en una escuela tecnológica Regional, capaz de formar profesionales que luego acompañen el despliegue de nuevas capacidades industriales en distintas regiones del país. Pensar en Santa Anita no debería limitarse a Lima; debería pensarse como el punto de partida para una red futura de capacidades tecnológicas distribuidas en el territorio nacional y regional..
“Una infraestructura tecnológica de este tipo no solo tiene un valor económico asociado al terreno o a los activos físicos. Tiene un valor mucho mayor como instrumento para generar conocimiento, fortalecer cadenas productivas y construir soberanía tecnológica. Mantener capacidades detenidas durante largos periodos tiene costos que muchas veces no aparecen en los balances financieros: pérdida de experiencia, retraso tecnológico y oportunidades que terminan aprovechando otros.
Una apuesta donde la tecnología llegue al agricultor, al hospital, a la industria y a las regiones; donde la formación de personas vuelva a ocupar el centro de la política pública; y donde instituciones científicas recuperen su papel como motores del futuro. Porque algunas infraestructuras no solo vuelven a operar: también vuelven a recordarle a un país que todavía puede construir cosas grandes.
Originalmente publicado en: Infobae.com – [Link original](Leer más)